María Zambrano no murió tras su regreso del exilio, según cuentan los biógrafos. ¿Cómo podría haber vuelto para irse, ella, que nunca se fue? ¿Cómo podría María, niña despertada de un sueño, expirar sin desvelarnos la última palabra? Pues, como en sueños, ha aparecido vista. Desprendida, lejana y errante. La pieza toma su nombre de la única obra dramática que escribiera: La tumba de Antígona. Y como en ésta, la obra es un sueño, es decir, tiene forma de espiral. Así este mundo onírico invita a soñar, a veces, y otras, a escuchar este delirio.

La tumba de María Zambrano ―pieza poética en un sueño― no es un biografía, en cualquier caso. Nace de la necesidad de aplicar su razón poética y su fenomenología del sueño al texto dramático, como reza el subtítulo. Y como todo lo que queremos primero lo soñamos, María Zambrano vuelve a buscar su última palabra, la que seguía buscando en 1988 cuando se convirtió en la primera mujer en recibir el Premio Cervantes: Mientras tanto, y una vez pronunciada la de la ofrenda ―gracias―, voy a intentar seguir buscando la palabra perdida, la palabra única, secreto del amor divino- humano.

10 enero a 11 febrero de 2018

Sala Francisco Nieva (Teatro Valle-Inclán)

Horario: martes a sábado a las 19:00 horas y domingo a las 18:00 horas

Iniciado el espectáculo, no se permitirá el acceso a la sala excepto en las pausas, si las hubiere

REPARTO (por orden alfabético)
EQUIPO
ARTÍSTICO

Nieves Rodríguez Rodríguez (Texto), Jana Pacheco (Dirección), Alessio Meloni y Elisa Cano (Escenografía), Rubén Camacho (Iluminación), Eleni Chaidemenaki (Eleninja) (Vestuario), Gastón Horischnik (Música y diseño de sonido), Ibercover & Volver Producciones (Vídeo-creación) y Xus de la Cruz (Coreografía y movimiento escénico).

Producción: Centro Dramático Nacional, Volver Producciones y Arteatro