Pablo Messiez es el siguiente invitado de la sección Desde mi ventana del Centro Dramático Nacional (CDN). En esta sección, distintas autoras y autores escriben y leen un texto de creación sobre lo que ven desde su ventana. El primer podcast  fue Confinamiento, de Clàudia Cedó.

 

Desde mi ventana

Hace más o menos un año, me compré un árbol.
Un árbol alto y delgado, con unas pocas hojas, algo tristes.
Parecía un Giacometti. El árbol de Godot.
Yo estaba trabajando en la versión de Los días felices, así que pensé que era buena compañía. Y que debía ser agradable escribir debajo de un árbol.

Con el paso de los días, las hojas me parecían cada vez más lánguidas. Más tristes. Habiendo sido de un verde oscuro, empezaron a palidecer y yo a preocuparme por la salud del árbol. Por la pertinencia de la idea de traerlo a casa. Luz no le faltaba. Ni atención. Pero ¿y si estuviera necesitando otras cosas? El campo, el cielo, cosas que no entran en las casas. Me agobié. Busqué en Google (en mi vida, las dos oraciones anteriores suelen ir una seguida de la otra y en ese orden). Leí que se trataba de un palo borracho y que los cuidados y la luz que estaba recibiendo eran los adecuados. ¿Sería entonces una sensación mía? ¿Sería mía la tristeza?

Empezaron a caer las hojas. Eran pocas, así que fue un período tan angustiante como breve el ir ver cayendo uno a uno los atributos que hacían que aquello fuera algo más que un palo en una maceta.

En pocos días, quedaron las líneas desnudas. El tronco largo y diagonal, y su bifurcación final en cuatro ramas señalando el techo, como los dedos raquíticos de una mano suplicante.

Me pasaba horas mirándolo ¿Seguiría siendo eso un árbol? ¿Habría vida en él? No podía dejar de ver esas ramas desplegadas como un pedido. ¿Pero de qué? ¿De aire? ¿De cielo? Lo saqué al balcón. Y seguí regándolo y cuidándolo y mirándolo desde mi escritorio cada día, pensando: ¿Es eso aún un árbol? ¿Habrá vida en él?

Pasó el tiempo. Los trabajos y los días. Y vino el virus al mundo.
Muy pronto me tocó estar en cama con fiebre y tos. Viendo ahora otra ventana, la de mi cuarto. Esta sin árbol ni plantas.

Ahora era yo el languideciente. No cabían dudas. El deseo, esfumado. El cuerpo, triste. Como un árbol sin hojas. Desde mi convalecencia veía el entusiasmo en redes de la gente haciendo cosas (cuánto entusiasmo, cuántas cosas). Escuchaba los aplausos puntuales (cuánta disciplina) y esperaba que pasaran las horas, que pasara el hastío, que pasara algo.

Y pasó. La vida, que se mueve (qué suerte).
Y todo volvió a tener sentido como tantas otras veces después de tantas otras penas.

Y bajé al escritorio. Y me asomé a la ventana. Y volví a ver al árbol desnudo. Al sol.
Y entonces noté que la punta de las ramas se desplegaba en diminutas formas nuevas.

Salí al balcón para ver de cerca. ¡Eran hojas! Futuras hojas. ¡Estaba vivo! El árbol. Seguía su curso. No había sido la muerte. Había sido el otoño. No se puede estar floreciente siempre. Toca secarse. Perder las hojas. Juntar las fuerzas. Dejar que pase.

«Todo verdor perecerá». Pero también, puede que vuelva a ser.

Desde mi ventana, la calle Atocha esta desnuda, como mi árbol raquítico que la mira.
Y no puedo hacerme el budista (que me encantaría pero no me sale) y mirar sin juicio toda esta muerte. Echo de menos a la gente. El ruido. El tacto. Las cosas de estar juntos. Echo de menos las hojas del árbol.

Pero lo miro y veo que ahí sigue, creciendo. Sin importarle ni dejar de importarle su crecimiento. Dejando que suceda lo que pasa.

Tengo mucho que aprender.

Pablo Messiez