El teatro de los malos sueños - Centro Dramático Nacional

El teatro de los malos sueños

Articulo escrito por Mohamed Elkatib

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DRAMÁTICA

Revista de artes escénicas y pensamiento contemporáneo
Venta en los teatros del Centro #Dramático Nacional

1º número: #elteatroporllegar

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El reto digital

Artículo de Michael Eickhoff de La Akademie für Theater und Digitalität [Academia de Teatro y Digitalidad] 

para el primer número de la revista DRAMÁTICA

Llevo haciendo teatro unos veinte años.
Llevo jugando al fútbol unos veinte años.
Puedo afirmar tajantemente que el segundo me ha dado, sin duda, más emociones y alegrías que el primero, que me ha planteado muchas más preguntas políticas y que ha puesto a prueba mi sentido de lo colectivo. Los estadios de fútbol son formidables laboratorios políticos y poéticos. Allí te codeas con lo mejor y con lo peor. Allí puedes aburrirte, como sucede muchas veces en el teatro, pero las emociones no se pueden comparar y el fútbol siempre ha ido muy por delante del teatro en cuanto a su capacidad para escenificar tragedias.

Hoy, alguien que me hablase de espectáculos en vivo sin haber asistido jamás a un Clásico en el Bernabéu, a un partido en el Rayo Vallecano o que no hubiese visto el ya mítico 8-2 del Bayern de Múnich contra el Barça, esa persona no podría ser un interlocutor creíble al cien por cien. Porque el estadio es el último lugar de mezcla social, el último espacio donde, durante 90 minutos, la clase popular y la clase más acomodada se codean. Hasta el colegio ha perdido esa vocación.
Pero la COVID-19 acaba de alterar ese precario equilibrio. Acaba de prohibir que haya público en los estadios, como se demostró en la última fase de la Champions League, que se jugó a puerta cerrada.

A partir de ahora, el espectáculo se limita a los actores sin espectadores. Así, recintos de
80.000 plazas se encuentran totalmente vacíos beneficiando a 22 millonarios que se enfrentan en un espacio privatizado ultraseguro, libre de limitaciones sanitarias, y que se ha convertido en el horizonte del pueblo que se queda en la puerta del espectáculo. ¿Cuáles son las consecuencias inmediatas de eso?
En el plano futbolístico, clubs con un arraigo popular como el Atlético o el Nápoles se ven privados de su habitual e incomparable apoyo y fervor, viéndose así penalizados, al contrario que clubs como el Barcelona que tiene muchos más espectadores y turistas que hinchas ultras. El Barça no necesita público, tiene a Lionel Messi, que practica Arte abstracto, y sabemos que la historia del arte se construye sin espectadores.

Pero aún hay más. Más allá de lo indecente de este espectáculo que tendría que haber sido – como todos los espectáculos – anulado para que todos los medios para acceder a la sanidad se repartan democráticamente, el fútbol nos ha ofrecido una visión apocalíptica del futuro: islotes dedicados a los que tienen medios para protegerse de los virus, de los migrantes y de la miseria social. Y este triste espectáculo se ha visto multiplicado por la avidez de las televisiones a las que les ha parecido adecuado poner espectadores hinchables y castigarnos, en cada partido, con una banda sonora que hacía creer que el estadio estaba lleno.

Y hoy nos encontramos en este punto, reducidos a simular la presencia de falsos espectadores para jugadores que cultivan la ficción moribunda del mundo de antes pero en peor. Al final, el futbolista puede jugar sin hinchas.

¿Y los actores de teatro? ¿Ellos también van a actuar sin espectadores?
Si la suma de sus derechos televisivos se acercase a la de los del fútbol, sin duda encontraríamos a algunos directores y directoras que justificasen la locura de tal gesto centrado en la estética.

Sin embargo, esta crisis nos permite plantear algunas preguntas:
¿Cómo serán nuestros teatros mañana?
¿Qué teatro podemos seguir practicando?
¿Por qué hacer teatro y, sobre todo, para quién?

Lo que el arte seguramente puede hacer, de forma muy modesta, es preguntar primero a su historia y también funcionar como una zona de penalti, de reparación, para los más frágiles de nosotros. Creo que el teatro, más que nunca, es un espacio de consuelo – por la belleza de los gestos que dibuja –, de emancipación – por la radicalidad de las palabras que enuncia –, y de hospitalidad – sobre todo al permitir existir en la esfera cultural a las clases populares.

El artista Christian Boltanski decía recientemente que cada uno de nosotros, a partir de los sesenta años, somos un museo, y que por ello habría que crear miles de micromuseos. Durante esta crisis hemos perdido parte de nuestro patrimonio humano más precioso al perder a nuestros mayores, garanticemos pues juntos el cuidado de nuestros museos vivos y convirtámoslos en el teatro vivo de nuestros sueños.

Biografía

Mohamed Elkatib

Mohamed Elkatib

Nacido en el Loiret en 1980, Mohamed El Khatib siguió el consejo de sus padres y se convirtió en un brillante estudiante de ciencias y sociología. Descubrió el teatro con la obra de Jan Lauwers, en el Festival de Aviñón de 2004, mientras hacía una pasantía en una institución que organizaba un campus de teatro para niños desfavorecidos. Comenzó a hacer shows con sus amigos, fundando el colectivo Zirlib en 2008 con el que escribió sus dos primeras representaciones teatrales, À l’abri de rien y Sheep, que tuvieron un gran éxito de inmediato.

Irónicamente, fue con Finir en beauté, una obra teatral sobre la muerte de su madre, en la que grababa mientras ella estaba en el hospital (donde se encuentra sola en el escenario con una grabadora), cuando recibe oficialmente su éxito teatral en el mundo. Llega a Marsella, luego al Avignon Fringe en 2005 y desde allí comienza un largo recorrido.

Más tarde conoció por casualidad al cineasta Alain Cavalier, hablaron, y nació Conversación.

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